Sonidos en la oscuridad
Había vuelto a casa hacía semanas, había ido en busca de un elfo que decía extrañas cosas de serpientes y me hallaba sola en la casa de Algonher. Sabía, de algún modo u otro, que algo no iba bien. En efecto. Subo al piso superior y me encuentro una nota sobre la cama. Rápidamente, cojo mi runa, desplomándome sobre la colcha.
- ¿Algon?
Me hace callar. Hay algo que no va bien, no está donde debería estar.
- Algon, contéstame, por favor. ¿Dónde estás?
Silencio. El silencio que puede tener mil y un significados. Ahora se ha convertido en incertidumbre, inseguridad… miedo.
Monto sobre los lomos de Strazs, mi fiel lobo de guerra negro. Por las pistas que Algonher me ha dado, está en la Isla de Fenris. El tauren, Estrago, y la líder de Portatus Ex Pest, Aurora, son quienes le tienen prisionero. De algún modo, Bleisdon está de su parte. Atravieso rápidamente Entrañas y no pierdo el tiempo en rutas de vuelo, corro a través del Bosque de Argénteos y me sumerjo en el agua lo antes posible para llegar rápidamente a la Isla de Fenris.
Olfateo. Nada. Noto sus olores pero allí no hay nadie. Poco después me dice que está en Scholomance y que, ante todo, no acuda. En cuanto llego a Castel Darrow, huelo algo más que muerte y ruinas, huelo vida. Hay gente aquí, por lo que dejo escondido a Strazs y entro en lo que queda del pueblucho con cautela. Hay dos entidades que desconozco en la entrada de Scholomance, pero son humanos. Espero hasta que han desaparecido de mi vista para acercarme a las puertas.
- ¡¡Soltadle!!- grito.
Oigo las risas de Aurora en el interior y a Algonher gritándome que me marche. No pienso abandonarle. Se abren las puertas del edificio momentaneamente para dejar salir a Estrago, el enorme tauren.
- Vete, Alh- me pide.
- ¡¿Te has vuelto loco?!
Le golpeo con los puños cerrados y la ira reflejada en mis golpes, pero parece como si le estuviera haciendo cosquillas. En el interior de Scholomance oía las risas de Aurora, gritando lo bien que se lo había pasado con Algonher mientras él me pide que me vaya, que no quiere que me capturen.
- Escucha, estoy de tu parte, pero si no quieres que Aurora te cace deberás irte, por favor- me dice Estrago en un tono algo bajo.
Cuando me doy cuenta, tengo el rostro lleno de lágrimas que rápidamente me seco. Oigo pasos.
Llevo una mano a la empuñadura de mi espada mientras me doy la vuelta. Es Doth’Jin, el troll que le cercenó medio cerebro a Lyreth. Le enseño los colmillos mientras aparece un renegado y un Sin’Dorei. El renegado parece querer entrar, pero Doth’Jin y Estrago se lo prohiben. Mientras tanto, el Sin’Dorei intenta saber por qué estoy ahí.
- ¡Tienen preso a mi marido!
Gruño mientras miro a Doth’Jin y a Estrago, desenvainando lentamente la espada. El elfo me dice que me esté quieta, que podría herirme.
- ¡Vete al infierno!
- No me dejas otra opción, preciosa- me dice.
Se dirige hacia mí, empuñando su arma. Me agazapo cual felino, esquivándole rápidamente. Vuelve a intentar golpearme y este es mi turno.
- Volveré a por ti en cuanto pueda, ahora me es imposible entrar- le digo a Algonher por runa.
- No podré usar la runa a menudo. ¡Vete!
Saco de mi zurrón un pequeño frasco que abro rápidamente mientras esquivo el otro golpe del Sin’Dorei, que ahora parece buscarme desesperado por doquier. Gracias a la Luz que las pociones de invisibilidad que Lyreth me ha proporcionado funcionan, pero es una pena que por tan poco tiempo.
Me quedo por Castel Darrow, vigilando los movimientos de quienes en la entrada se hallan. Voces. Me doy la vuelta y en mi dirección vuelven los dos humanos. Me acerco a la entrada para escurrirme por un hueco después. Me podría haber visto el Sin’Dorei otra vez, pero no lo ha hecho y estoy a salvo. No obstante, hay algo que ha llamado su atención y baja a ver qué sucede. Me agazapo, caminando lentamente hacia donde está Strazs, sin hacer el más mínimo ruido y escondiéndome por donde puedo.
Volveré pronto. Tengo que hacerlo, tengo que sacar a Algonher de las manos de esa perra. Tengo que volver a salvarle, tengo que volver a tenerle entre mis brazos. Pongo rumbo hacia Lunargenta, donde allí decidiré qué hacer y cómo.
Memorias
Sonreía. Sí, estaba sonriendo. Todo parecía real y etéreo a la vez. No quería que esa sensación desapareciera, quería quedarme con ese momento.
Athaniar se acercaba a mí, con su lacio y negro pelo cayendo sobre sus hombros. Le aparté los mechones que caían sobre su rostro mientras él posaba sus manos delicadamente sobre mi vientre. Hacía meses que no le veía y el niño que llevaba en mis entrañas hacía obvio mi estado, de modo que no pronuncié qué es lo que sucedía en mi interior.
- Enhorabuena, pequeña.
Él también sonrío. Vislumbré en sus claros y azulados ojos felicidad, lo cual me hacía incluso más feliz a mí. Me separé un poco de Éothain, que se encontraba a mi lado, para abrazar a mi gran amigo y besarle fugazmente en los labios.
- Llevará tu nombre, sentencié.
La imagen se tornaba borrosa por segundos, al igual que la charla. No, no quería que eso desapareciera. Se había vuelto todo oscuro para volver a recordar el dolor de la herida que me acababa de producir un miembro de la Plaga. Mi hijo, Athaniar, había muerto hace años y Éothain había desaparecido tras intentar asesinarme. No quería recordar eso, otra vez no. No habíamos podido retener al enemigo tras las murallas de la ciudad y había entrado arrasando toda vida a su paso. Me defendía como podía mientras intentaba defender también a quienes se hallaban cerca. Eran demasiados, no podíamos hacer nada. La Plaga acabaría con nosotros.
- ¡Huye ahora que puedes!- gritó Athaniar.
- ¡No sin ti!- le contesté, asestándole una flecha en el entrecejo al no-muerto que se le acercaba por la espalda.
- ¡Vete!
Automáticamente, mis piernas le obedecieron, pero yo quería quedarme y luchar. Si debía morir, debía ser allí y junto a los míos.
Otra imagen que se difuminaba para ser reemplazada por otra. Terrallende. Ahora de nuevo Kalimdor. Athaniar estaba en Vallefresno y lloró al verme. Me había dado por perdida como yo a él. Sentía cómo unos cálidos labios me besaban el vientre y la imagen volvía a desaparecer mientras abría los ojos.
- ¿Ya te has despertado, pequeña?- me preguntó Athaniar.
Asentí, confusa. Me intenté incorporar, pero noté cierta tirantez en el costado que me impidió hacerlo. Miré hacia abajo y me encontré completamente desnuda, con Athaniar besándome las caderas y descendiendo con lentitud. Sabía que me iba a doler, pero me levanté rápidamente de la cama, llevándome una mano al costado donde ahora tenía unos cuantos puntos.
- ¿Qué sucede, querida?
Me tapó con la manta que había a los pies de la cama, abrazándome. No pude mirarle a los ojos, no quería herirle más aún con la misma canción de siempre.
- ¿Es por… Algonher?- murmuró, besándome la frente.
Asentí, cerrando los ojos. Noté cómo sus brazos se deshacían de mí y le busqué con la mirada, me estaba tendiendo mi ropa.
- Lo lamento, no debí…- se disculpó.
- Athy, no quiero que me pidas perdón por nada. La que debería disculparse s…
Colocó el dedo índice sobre mis labios, acallándome.
- Vístete y descansa. Sigo siendo el mismo ingenuo de entonces.
Me sonrió. Esa cálida sonrisa que siempre me había gustado tanto. Le devolví la sonrisa mientras me ponía la ropa, bajo la atenta mirada que estudiaba mi cuerpo, deteniéndose en mis cicatrices.
- ¿Ha habido algún ataque más?
Negué con la cabeza, acercándome a él para abrazarle. Me estrechó entre sus brazos como hacía tiempo que nadie lo hacía, excepto Theron cuando había acudido a él en busca de placer.
- Descansa, dalah’surfal.
El transplante
- ¡¿Qué?!
Abrió los ojos, sorprendido. Acto seguido, se llevó una mano a la boca, tapando así la sonrisa que se le había dibujado en su perfilado rostro. Poco después, ya había comenzado a reírse como nunca.
- Lo que has oído- espeté seriamente-. Sé que parece una tontería, pero bien sabes que por mis venas fluye sangre por culpa de… eso.
Intentó calmarse, pero la risa atacó una vez más y su sonora carcajada llamó la atención de cuantos había a nuestro alrededor. Ya llamábamos la atención suficientemente, un Quel’Dorei y una Sin’Dorei. Encima él no hacía otra cosa que reírse a pleno pulmón.
Cogí el frasco donde se mantenía el riñón, di la vuelta y empecé a caminar.
- ¡Eh, Alh, espera!
Me detuve en seco y ni me molesté en girarme.
- ¿Qué quieres ahora, Athy?
Me instó a acompañarle a Cuna del Invierno. Tenía una pequeña casa en la ladera de una de las montañas. Me desvestí, me puse una ropa que me facilitó y me tumbé en la cama mientras observaba cómo preparaba todo. Alzó el frasco para mirar el riñón. Era poco más mayor que yo, quizá unos cinco o seis años. Le había conocido meses antes de mi boda con Éothain y me había ayudado siempre que le había sido posible. Éothain aceptó que nuestro hijo llevara su nombre, Athaniar. No obstante, después de todo aquello, no me veía capaz de llamarle así.
Estudié su rostro después de tanto tiempo. Había sido una vez un joven hermoso, pero la Tercera Guerra le pasó factura. Él instó a que me marchara de Lunargenta cuando ésta estaba siendo atacada por Arthas y la Plaga. Le había dado por muerto cuando partí a Terrallende, siguiendo a Kael’Thas. Al cabo de unas semanas, regresé y vagué por Kalimdor, donde le encontré.
- ¿Recordando viejos tiempos?- preguntó, mirándome. Me limité a asentir-. Ha llovido mucho desde entonces, Alherya. Deberías dejar el pasado en el olvido. Precisamente tú no has tenido demasiada suerte en tu vida.
Aquello me obligó a bajar la vista. Se levantó y me acarició el cabello, tras lo cual me besó en la frente. Su tacto era cálido y el perfume de su piel, embriagador.
- Tómate esto, dalah’surfal- me susurró, poniéndome entre las manos un vaso.
- ¿Dalah’surfal? Je, ¿desde cuándo soy tu querida?- le pregunté mientras olfateaba el líquido.
- Veo que sigues con las raíces bien enterradas- espetó-. Bebe, querida.
Obedecí a su petición. Bebí el líquido, aunque rápidamente me dieron ganas de vomitarlo. Cerré los ojos, relajándome y… no recuerdo nada más.
De charla con el otro mundo
Decido olvidarme del tema de Nueva Sangre. No hay movimiento alguno y he recibido la carta que tanto tiempo llevaba esperando. Cojo un vial vacío y limpio. No dudo en acercar la daga a mi muñeca y rajar la fina piel de ésta, dejando que la sangre emane de la herida para rellenar el vial. Lo necesitaré. Cierro el pequeño frasco y me lamo la herida, sellándola con mi saliva. Cojo todo lo necesario antes de ponerme en marcha hacia Orgrimmar, donde me ha citado el amigo de Gaheris. Es un buen tío, con unas ideas que no entiendo, pero buen tío. Hace bastante que me dijo que conocía a alguien que quizá pudiera ayudarme con el virus, así que no me lo pienso dos veces antes de decidir ir.
La estancia es pequeña, llena de tubos extraños, unos vacíos y otros con sustancias extrañas. El orco de piel verdosa se acerca a mí y comienza a preguntarme todo tipo de cosas respecto al virus. A veces parece que no se entera de lo que le digo, pero procuro mantener la calma. Cuando le doy el vial, lo examina y lo abre para olisquearlo. Le advierto de que no beba ni una sola gota de él, sólo por si tiene pocas luces. Observo todo cuanto hace y no dejo de sentirme incómoda en ese lugar. Nunca me han agradado demasiado los orcos ni su ciudad, me parecen demasiado toscos. Sin embargo, los trolls se me hacen fascinantes. Todo el miticismo que les rodea, su agudeza, su sentido del humor…
Mi distracción cesa en cuanto el orco, Nemuro, pone el vial con mi sangre en uno de esos tubos extraños. Luego empezamos a debatir sobre qué está mal y qué no en mi organismo hasta que, finalmente, llega a la conclusión de que todo se debe a mi hígado. No le veo razón alguna, pero no atiende a razones. Quiere que me ponga un hígado sano, ya que el mío ha sido perforado varias veces y, cuando vuelva a la vida, me hará falta tener uno. Termino accediendo y pensamos de quién coger el hígado.
- Un cadáver fresco…- me dice.
Vamos ambos hasta el cementerio que hay en las afueras de la capital Horda. No presté demasiada atención a lo que hacía, tenía la mente ocupada. ¿Terminaría encontrando una cura? ¿Podría regresar a la vida finalmente o mi cuerpo debía ir pudriéndose con el paso de los años? De repente me vi envuelta en una nube de arenilla. El espíritu al que había llamado para pedirle prestado el órgano se había presentado ante nosotros.
No le hace gracia al principio, y creo que no confía en mis palabras. Quizá sea por eso por lo que el orco terminó pidiéndole el órgano, con lo que el espíritu terminó accediendo. Desenterramos su cuerpo, el cual por suerte aún no había comenzado a pudrirse, para después abrirle y tomar su hígado, guardándolo en una especie de frasco.
Iba a ser una situación un tanto extraña… Una no-muerta pidiendo un transplante de hígado. Conocía a la persona perfecta para hacerlo, pero su reacción tras mi demanda iba a ser… descojonante, simple y llanamente.
Me despedí del orco, envié la misiva necesaria y me dirigí hacia el Claro de la Luna. Debía superar la maldita adicción al vil como fuera, e ir para el transplante era una buena excusa para quedarme allí una temporada.
Regresando al pasado
“Te veo en el Claro de la Luna.
Lyreth Brisalbor”
¿Qué se suponía que debía decirme que me citaba en el Claro de la Luna? Cierto es que debía quedarme allí una buena temporada si quería superar mi adicción al vil… y si es que era posible ya para mí y no demasiado tarde. Ni siquiera sé qué narices me puse. Leí la nota nada más despertarte y Algon yacía a mi lado, dormido. Decidí dejarle una nota para que no se preocupara.
“Estaré en el Claro de la Luna con tu hija. Nos vemos enseguida.
Alherya B.”
Monté en Strazs y anduve adormilada de camino al encuentro con Lyreth. No había dormido apenas. Me había quedado despierta hasta hacía un par de horas mirando a Algonher, abrazándole cuando pasaba un brazo por encima de mi cintura mientras dormía. Disfrutaba viéndole, más aún tras haber oído lo que me había dicho la noche anterior.
Cuando llegué, allá estaba ella, montada en el corcel vil que recientemente había adquirido. No era buena jinete, la verdad. Ya se había hecho varias heridas tras sus contínuas caídas. No obstante, era tozuda; característica que había sacado de mí. Dominaría el arte de montar sin importar cuánto tiempo le llevara.
La seguí hasta el Túmulo de Tempestira y abrí los ojos, maravillada. Aquel lugar parecía mágico, era lo más hermoso que había visto jamás. Hacía mucho que no pisaba aquel lugar, quizás desde mi boda con Algonher. Estaba impresionantemente hermoso trajeado y jamás olvidaré la sonrisa que esbozó al verme llegar, boquiabierto. Me maravilló el estar allí, con él, en aquella situación.
Nos detuvimos frente al Túmulo, donde ambas desmontamos. Reconocí su tabardo rojo, con bordes dorados en forma de hojas de laurel y en el centro dos águilas unidas en una sola. Su cabello rubio descendía por sus hombros como serpientes, contrastando con el color del tabardo. No cabe duda de que le sienta espectacularmente bien, con su tez pálida y sus sonrosados labios.
- ¿Nueva Sangre?- le pregunté finalmente.
- Así es. No sé si te has encontrado con Halmir ya y te ha puesto al corriente.
Halmir.
Mi corazón pareció desbocarse en ese momento, cabalgaba veloz. Mi mente no dejaba de repetir a modo de eco la misma palabra. Halmir, Halmir, Halmir… ¿Cuándo fue la última vez que le vi? No lo recuerdo, pero ya le daba por muerto tras tanto tiempo desaparecido, al igual que a mi hermano, Haldrid. Por la Luz, Halmir marcó un antes y un después en mi vida, pero en ella no cambiaría nada. No cambiaría mi vida con Algon por una con Halmir, en absoluto.
Lyreth comenzó a caminar a mi alrededor lentamente, del mismo modo en que solía caminar cuando había algún elfo cerca lo suficientemente atractivo como para captar su atención. Movía sus caderas con cada paso, marcando cada una de sus curvas, como una serpiente reptando por el desierto.
- Soy la nueva Gran Magister de Nueva Sangre y estoy en proceso de reclutamiento- alardeó, revoloteando a mi alrededor como si fuera su presa. Halmir, viejo necio…
- ¿Gran Magister, tú? Lyreth, cariño… El día que me llegues a la suela de los zapatos será cuando se te pueda nombrar, como mínimo, Magister.
Esbozó una sonrisa. Era la primera vez que hablaba con ella de ese modo, desafiante.
- ¿Qué te hace pensar que no soy mejor que tú?- inquirió.
- Primero, eres una cría.- Sentí cómo me perforaba con la mirada.- Segundo, eres una inmadura a la que sólo le gusta llamar la atención y… por último… ¿Qué sabes tú de lo que hace un Gran Magister?
Se detuvo frente a mí, con los brazos cruzados y los hombros tensos. Su mirada desprendía ira y algo comenzaba a desprender un olor a chamuscado. De sus guantes comenzaba a elevarse un pequeño y fino hilo de humo.
- Contrólate, cielo, no vayas a quemar los guantes otra vez.
Volvió a emprender su caminata, mucho más lenta ahora, nuevamente a mi alrededor. Caminaba tan cerca de mí que notaba su mano rozando las faldas de mi toga, su pelo enredándose con el mío cuando el aire los mecía en mi dirección. Se quedó una vez más frente a mí y acercó su rostro al mío.
- Únete.
Lo dijo en un casi inaudible susurro, cerca de mis labios. ¿Acaso no comprendía que eso sólo funcionaba con los elfos a quienes pedía ayuda, prometiéndoles favores que no tenía intenciones de cumplir?
- Con una condición- le dije.
- Dila.- Se separó de mí y me clavó su penetrante mirada.
- Que me cedas tu puesto.
- ¿General Forestal de Nueva Sangre otra vez, mamá?
- Al menos soy competente y sé qué tengo que hacer y cómo dirigir a mis hombres sin camelarlos antes.
Sonrió, aceptando el trato. No me dio tiempo a intercambiar ninguna otra palabra, puesto que invocó a su corcel vil rápidamente. Tan sólo escuché un “vamos, Il’anore” seguido del silencio una vez hubo desaparecido de mi vista.
- Halmir, ¿qué has hecho?
Aguja Ocaso Marchito
Abrí los ojos, muy a mi pesar. El techo al que clavé la mirada me permitió recordar en él el sueño que había tenido. “Te quiero”. Había sido algo tan embriagador y me llenaba de tanta felicidad… Ni me hubiera importado siquiera pasear desnuda por la ciudad. Pero la realidad era otra, de modo que mi euforia se esfumó como el tiempo, sin poder detenerlo de ninguna manera.
Para mi sorpresa, cuando mis brazos se extendieron para estirarme cómodamente, se encontraron con algo. Cuando me volví y vi quién se hallaba a mi lado, la felicidad volvió a inundarme. No pareció percatarse del choque de mis brazos contra su fina piel. Observé el lugar donde Nurandiel le apuñaló la noche anterior. Ni una sola marca. Rodrith había hecho un buen trabajo, como siempre. Le debía mucho por todo lo que había hecho.
Sonreí para mí misma, observando al elfo que dormía plácidamente a mi lado. Me quedé ensimismada en su perfección, pero algo rompió la deliciosa mañana que se me había presentado.
- ¿Hay alguien ahí?- preguntó una voz por la runa.
- Saludos, Rodrith- le contesté.
- S-sí, aq-aquí- contestó Nurandiel.
Noté cómo me hervía la sangre y cerré un puño inconscientemente. ¿Cómo se atrevía?
- Perra, te voy a devolver al infierno del que has salido- gruñí en voz baja, a lo que me siguió una de sus orgullosas risitas. Había conseguido lo que quería, molestarme. Las sábanas estaban a punto de desgarrarse bajo mis uñas.
- Quien esté disponible, que vaya a la Aguja Ocaso Marchito- finalizó Rodrith, ignorándonos.
La Aguja Ocaso Marchito estaba en el Bosque Canción Eterna, al este de la Ciudad de Lunargenta, cerca de unas maravillosas playas. Me presenté rápidamente allí, aunque “esa elfa” ya se encontraba en el lugar. Decidí que ignorarla sería lo mejor. Rodrith tardó poco en llegar, aunque esperamos a Theron. Cuando el brujo llegó, ya recuperado por completo, el luciérnaga comenzó a hablar. Debíamos buscar a un demonio que se les había presentado como un elfo joven, pero su imagen no sería siempre la misma. Realmente, no presté demasiada atención, sólo me quedé con esa información y poco más.
En primer lugar, Nurandiel me mantenía completamente alerta, tenía los nervios a flor de piel e intentaba controlar mis impulsos. Si por mí fuera, ya la estaba despedazando.
Y, en segundo lugar, estaba Theron. Aunque me había sentado lejos de él, podía oler su delicioso olor, ese aroma que me llenaba de pura lujuria. Intenté distraerme mirando los tatuajes de su rostro, pero me dio la sensación de que su olor se hacía más patente en el lugar. Debía luchar contra la atracción del perfume de su piel y no abalanzarme sobre él. Me enloquecía, me robaba los sentidos… y era pecado no desearle.
Por suerte, nuestra pequeña reunión finalizó pronto. Intenté salir lo más rápido que pude de allí y volver ya con Algonher.
Ah, pecado, me dije. Lo mío sí que era pecado y necesitaba poner mis prioridades en su sitio. Debía deshacerme de mi adicción al vil como fuera. Debía partir una vez más y alejarme nuevamente de él.
Ah, pecado… Qué dulce huele el pecado… Y qué bien sabe.
Heridas
Rodrith me clavó la mirada, me dio la impresión en ese momento de que me estaba mirando severamente. Me dijo que se encontraba fuera de peligro, pero que necesitaría reposo. Le di las gracias antes de marcharme del cuarto, sin siquiera girarme hacia Theron.
Algon se hallaba tendido sobre la cama. Le desarmé y le quité las botas, dejando las primeras sobre la mesilla y las segundas en el suelo. Le acaricié la mejilla con suavidad. Una sonrisa de tranquilidad se dibujó en mi rostro. Mi corazón hubiera dejado de latir nuevamente si él hubiera muerto. Lo era todo para mí, absoluta y completamente todo.
- Creí que la ibais a matar- me dijo Rodrith por la runa.
- Tuve la oportunidad, pero…
- ¿Pero qué?- me interrumpió.
- Si iba tras ella, Algon moría. No podía permitirme perderle.
Se hizo el silencio y Algon abrió los párpados, dejándome ver así sus ojos color esmeralda. Me acerqué a su rostro para darle un breve beso en los labios, saboreándolos. Qué dulce sabía. Me devolvió la mirada junto a su encantadora sonrisa. Ese gesto inundó todo mi ser de tranquilidad, de una paz que parecía imperturbable.
- ¿Por qué no… fuiste tras ella?
- Porque soy tan estúpida que no quise dejarte morir- le sonreí.
Hizo ademán de ponerse en pie, pero le retuve y le dije que debía descansar.
- Si quieres, vamos a casa y allí descansas, pero nada de ir tras esa elfa.
Me miró una vez más y asintió.
Cuando llegamos a la ciudad, nos dirigimos hacia su casa. Le ayudé a quitarse las botas y la pechera. Aquella visión hizo latir mi corazón con rapidez, como si fuera la primera vez que veía su torso desnudo. Todo con él me hacía sentir así. Me sentía hasta estúpida.
Decidí ponerme algo más cómodo, una toga que además sabía que a él le encantaba que llevara puesta para dormir. Me tumbé a su lado, de cara hacia él. Perdí la noción del tiempo mirándole, escrutando su rostro. Observé cada centímetro de su piel, cada poro.
- ¿En qué piensas?
Me despertó de mi ensoñación. Me observaba mientras yo me había quedado perpleja mirándole. No pude evitar bajar la mirada. El solo hecho de pensar que había estado a punto de perderle, de quedarme sin él… No, no quería que me viera llorar otra vez.
- En lo sucedido- murmuré.- No quiero perderte.
- Alhe, por favor… Mírame.- Obedecí y le miré fijamente, bajando la vista a los pocos segundos.- Eh, Alhe. Estoy aquí, contigo. Estoy vivo y estoy contigo.
La confusión se hizo dueña de mi cuerpo y de mi mente. Una densa calima nubló mi vista, mis pensamientos… A mí misma por completo. No quería tocar ese tema, sabía que me lastimaría a mí misma y volvería a hundirme, pero creí necesario aclararlo.
- Estás aquí, sí, pero… ¿Hasta cuándo?
Me miró extrañado, sin entender por dónde iba.
- Creo… que no te entiendo.
- Tengo bien presente que no vamos a volver, Algon- le observé, pero no apartó la mirada de mí ni un segundo. Tomé aire antes de seguir.- Lo sé, lo tengo muy claro.
El silencio se hizo dueño del lugar, imponiéndose entre nosotros. Mi rostro debía mostrar el dolor que sentía, pues me acarició la mejilla con el dorso de su mano de un modo delicado, suave. Me erguí y comencé a ponerme una toga adecuada para salir de casa.
- Lo siento, creo que lo mejor será que me vaya.
Me cogió de la mano cuando me disponía a recoger las togas que había llevado con anterioridad.
- ¿Por qué?- me preguntó.
- Es obvio. No vamos a volver y no puedo estar con la incertidumbre de saber qué sientes y qué no.
Caí sobre la cama, al lado de él, quien había tirado de mí.
- Vamos, sabes qué siento por tí.
- Sí, o… eso creo…
- ¿Eso crees?- inquirió, ante lo que asentí.- ¿Y qué es lo que crees?
- Que quizá me quieres.
- ¿Quizá?- volví a asentir.- Alhe, no hay quizá posible.- Le miré, sin entender a qué se refería.- Te quiero.
Creo que olvidé respirar, pues sentí que mis pulmones pedían a gritos algo de oxígeno. Tomé aire profundamente. Había dicho algo que creí que no diría más, aparte de las dos o tres veces contadas en que me lo había dicho tras todo el tiempo que llevábamos juntos. Repentinamente sentí la urgencia de besar sus labios. Debía hacerlo. Me coloqué sobre él, entrelazando nuestras manos mientras saboreaba una vez más la miel de sus labios y me endulzaba con ellos. No sé qué debí hacer, pero emitió un quejido.
- Creo… que esto será mejor dejarlo para cuando me recupere- me sonrió.
El último suspiro
Llevaba bastante rato sin saber nada de Algonher y temía por él. No sólo por su vida, si no por lo que le pudiera llegar a hacer esa furcia. Estaba nerviosa y no sabía si sería adecuado usar la runa o no. Aunque previamente me había dicho que me quedara en Lunargenta, la espera se me antojaba difícil, insoportable y angustiosa. Estaba dando estúpidamente vueltas por el Intercambio Real, haciendo el recorrido que iba de mi casa a la de él, la cual estaba a escasa distancia.
- Alhe, ¿me oyes?
Me detuve en seco, al igual que mi corazón.
- Per-perfectamente, ¿estás bien? ¿Dónde estás, qué ha ocurrido?- le abasallé.
- Cálmate. Estamos en las Tierras Fantasma…- subí a lomos de Strazs, mi lobo de guerra negro cual noche sin estrellas, al que no pareció hacerle ni pizca de gracia que le despertara- …en una pequeña estancia, cerca de un cementerio y un…
- Un lago, sí, sé dónde es. Voy enseguida.
No hubo más comunicación entre ninguno de los dos y yo ya estaba cruzando el Bosque Canción Eterna hacia las devastadas Tierras Fantasma, donde nací, en la Aldea Bruma Dorada. Qué poco recordaba de mi infancia allí, aunque pocos años estuve.
Divisé el lago y el cementerio, con una pequeña casa a su lado y una silla fuera, rota y destartalada. Desmonté y caminé hacia la entrada de la estancia, asomándome antes por ésta.
- Bal’a Dash- dije con total naturalidad.
Nurandiel me miró sorprendida y abrió aún más los ojos cuando vio que Algonher no pareció asombrarse por mi llegada.
- ¡Aquí está la perra, Algon!
- ¿Acaso nunca te han enseñado modales?- dije mientras me acercaba a ella y le propinaba una bofetada con el dorso de la mano. El elfo la cogió por detrás y me miró mientras le devolvía la mirada.
- ¿Qué hacemos con ella?
- Mátala. Muérdela y deja que se desangre lentamente.
Me miró, y en ese instante creí que los ojos le saldrían de las órbitas. No parecía entender la situación, así que decidí aclararle lo sucedido.
- Oh, ¿realmente creías que Algon iba a dejarme y humillarme de tal manera por una elfa como tú? Vamos, nadie podría ser tan necio como para tragarse algo así.
Los rubios, lacios y largos cabellos de Algonher se entremezclaron con los negros y cortos de Nurandiel cuando éste acercó su rostro al cuello de ella, dispuesto a morderle. Observé cómo sus labios se separaban para dar paso a sus dientes, entre los cuales sobresaltaban sus largos colmillos. Miré una vez más sus labios antes de concentrarme en lo que ocurría, deseosa de acercarme y arrebatarle un beso. Bebió poco de ella y me miró.
- No te preocupes por mí, toda tuya- le dije.
Ni siquiera vi sus ágiles movimientos cuando los ejecutó, ensimismada en los labios de mi amado. Le cogió una de las dagas y se la clavó en el pecho, cerca del corazón… si es que había tenido la suerte de no tocárselo. Me quedé helada allá donde me hallaba. Algon cayó al suelo, con la mano en la herida.
- Có… gela.
La miré con odio mientras reía. Ahora tenía dos opciones ante mí y debía, rápidamente, elegir una de ellas. No lo dudé y corrí hacia Algonher, agachándome a su lado mientras gruñía a Nurandiel, la cual decidió irse tranquilamente del lugar. Silbé, llamando así a Strazs. Le ordené que se echara para ayudarme así a subir a Algon sobre él y montarme yo tras él, sujetándole mientras me encargaba de las riendas e intentaba concentrarme en dar con Rodrith.
- Aguanta un poco, amor- le susurré al débil elfo que tenía entre mis brazos. Noté cómo su cuerpo se había entibiado y cómo su respiración era ahora dificultosa.
Cabalgábamos hacia Lunargenta mientras hablaba con el paladín por la runa del Círculo de Vindicación.
- Rodrith, necesito tu ayuda. Es urgente. ¿Dónde estás?
- En Rémol. ¿Qué es lo que sucede?
- Enseguida te veo allí- le acorté.
Strazs fue lo más rápido que podía mientras yo le insistía en que fuera más aprisa, aunque sabía que no podía. Llegamos a Rémol y Strazs entró con Algonher en sus lomos hasta la escalera del Mesón la Horca.
- Ayúdame a subirle, por favor. Estoy en las escaleras.
Apenas me cercioré de cuándo el paladín de plateados cabellos bajó las escaleras. Dejé que le cogiera mientras le guiaba hacia el primer cuarto libre que dislumbré al subir al piso superior.
- Le han herido- dije nerviosa-. Ha sido la perra esa de Nurandiel.
- Creí que ibais a matarla.
- Íbamos, pero le ata…
- Ve con Theron y vigílale. Yo me encargaré de él.
Fui al cuarto adyacente, donde el brujo parecía estar jugando con algo entre las manos. Pardiez, ese olor no. Adoraba el olor que desprendía su piel, era embriagador y seductor. Me concentré en respirar lo más mínimo posible, dando vueltas al cuarto mientras esperaba a que Rodrith regresara. ¿Sería demasiado tarde? Esperaba que no. No soportaba la idea de perderle, no soportaba la sola idea de vivir sin él. Noté cómo las lágrimas afloraban a los ojos sin control, pero tragué saliva y clavé mi mirada en la puerta. Las lágrimas, afortunadamente, cesaron antes de descender por mis mejillas. La espera se me hizo eterna hasta que Rodrith abrió la puerta y corrí hacia él.
- ¿Cómo está, está vivo?
La huida
Abrí los ojos lentamente y me alarmé al no ver a Algonher cerca. Aunque mi descomunal olfato ya no estaba, podía aún percibir los olores algo más fuerte de lo normal. No me hizo falta olfatear mucho para dar con mi amado. Estaba pescando en la otra orilla del Estanque. Le observé para aproximarme después a él y, aunque lo hice de forma silenciosa, me descubrió.
- Buenos días- me saludó con una deslumbrante sonrisa.
- ¿Pescando para la comida y aparentar normalidad ante los Kal’Dorei?- negó con la cabeza, mirando a nuestros lobos-. Ah, ya entiendo- repuse.
- ¿Has decidido algo?
- Sí. Venía a avisarte de que me la llevo para desmembrarla y quemar sus restos- sonreí, satisfecha con mi improvisado plan.
Algon frunció el ceño y vi en su mirada que no le gustaba la idea de que me alejara para matarla.
- Está bien, pero… Ten cuidado.
Le besé en la mejilla antes de volver a donde estaba la elfa en cuestión.
En cuanto me vio, noté cómo se estremecía. Le acaricié el rostro con el dorso de la mano, manteniendo una inmaculada sonrisa en mis labios.
- Vamos a dar una vuelta, ¿te apetece?
Negó rápidamente con la cabeza. Obviamente no podía imaginar mis planes en modo alguno y cientos de ideas cruzaban mi mente con rapidez. Sí, aquello era perfecto. La liberé de la cuerda que la mantenía atada con fuerza contra el árbol y la sujeté para llevármela de allí. Tras habernos alejado unos cuantos metros, la tiré al suelo. Puso resistencia e intentó tirarme a mí. Logró zafarse en apenas un par de segundos y tuve que correr tras ella, aunque no me costó mucho alcanzarla. La tiré al suelo y me senté sobre ella, sacando una daga.
- Bien, ¿por dónde quieres que empiece, preciosa?
Me escupió e ignoré tal gesto, cortándole lentamente la oreja izquierda. Profirió un buen grito, al contrario que su hermano cuando Bleisdon le cortó a él la suya. Sonreí, contenta con mi obra maestra.
Algo a mi alrededor me despistó, segundos que Nurandiel aprovechó para escabullirse. Corrí detrás de ella, pero la perdí de vista rápidamente. Volví al lado de Algonher.
- Se me ha escapado- reconocí.
Me miró sorprendido.
- ¿Cómo se te ha podido escapar?
- No lo sé, pero no habrá ido muy lejos. Le rastrearé con Strazs.
- Iré contigo- me anunció.
Strazs y el lobo de mi acompañante no tardaron en dar con ella. Estaba en una de las enormes ramas del árbol Teldrassil y nos detuvimos donde éstas nacían. Algon se adelantó un par de pasos y por mi mente surgió un torbellino de ideas. Sí, seguro que funcionaba, tenía que hacerlo. Usé la runa familiar mientras seguí al elfo hasta el nudo principal de la rama y él seguía avanzando hacia Nurandiel.
- Haz que confíe en ti- le aconsejé.
- ¿Cómo?
- Ofrécele tu ayuda y finge pegarme y despreciarme cuando pases a mi lado.
- ¿Estás segura?
- Completamente- le aseguré.
Se acercó cautelosamente a la elfa y ella se alertó. Un suceso de murmullos, para mí inaudibles, comenzó. Escasos segundos después, Nurandiel me miró mientras decía algo, tras lo cual Algon me miró con esa mirada que tan bien conocía, en la cual el asco y el desprecio se funden. Temí por un momento que fuera real. Hablaron un poco más hasta que se dirigieron hacia mí.
- Bien, atémosla- sugerí.
- Creo que no- respondió Algon.
- ¿A qué te refieres?
- A que se ha dado cuenta de a quién quiere- contestó altanera la elfa.
Perfecto, se había tragado la farsa.
- Apártate, Alh.
- No.
- Prepárate. Tres… Dos… ¡Ahora!
Giré el rostro a la vez que él fingía pegarme y pude ver por el rabillo del ojo cómo sonreía la perra. Me interpuse una vez más, pretendiendo estar herida por el reciente acto de mi amado, cuando retomaron la marcha. Algon me volvió a golpear, esta vez sin avisar. Aprovechó mi sorpresa para salir de la rama y llevársela.
- Podrías haber avisado o haber moderado la fuerza.
- Lo siento.
- No importa, se lo ha tragado. Ahora busca un sitio donde ocultaros y, cuando estéis allí, dímelo. Ten cuidado.
Nurandiel
Cuando desperté, miré a mi alrededor. Algonher estaba dormido, por lo que traté de hacer el mínimo ruido posible para no despertarle. Me desnudé para darme un baño. El agua estaba algo fría para mi gusto, por lo que no tardé mucho en salir y volver a vestirme. Cuando volví a estar visible, fui a ver a Nurandiel.
La observé durante unos segundos, frunciendo el ceño al ver que le faltaban los pantalones y la ropa interior. ¿Algonher se había vuelto una máquina del sexo y yo no sabía nada? ¿No le había complacido lo suficiente la noche anterior y por eso se había acostado con ella aún sabiendo que yo estaba a su lado?
- ¿Te lo pasasbe bien anoche escuchándonos?
- Oh, tú no eres la única que se ha divertido- anunció.
Cerré los puños. Tenía unas ganas enormes de abofetear a esa perra. De pronto, su vista se desvió hacia un arbusto cercano. Seguí su mirada hasta encontrar unos pies que sobresalían de entre la maleza. Las piezas de ropa que le faltaban estaban tiradas cerca del cadáver. Un humano la había violado al parecer, aprovechando que estaba atada, pero Nurandiel había incluso disfrutado con ello. Tuve una idea.
Me acerqué a ella, poniéndome a su altura. Intentó morderme, pero por suerte fui más rápida y esquivé sus dientes.
- Eh, tranquilízate- le dije-, sólo quiero pasarlo bien también.
Se quedó confusa, por lo que aproveché para besarla. Me devolvió el beso, aunque noté en éste su creciente confusión. Le acaricié la espalda con una mano, descendiéndola hasta su cintura, donde seguidamente la deslicé hacia su vientre y, lentamente, hacia su puvis. Su sexo se había encendido rápidamente y vi cómo se mordía el labio cuando le introduje el dedo corazón. Le encantó.
Cuidadosamente, llevé mi mano libre hacia mi cinto mientras le abría las piernas y besaba su cuello. Se percató de que había cogido una daga y se levantó, abriendo los ojos de par en par.
- ¿Q-qué es lo que pretendes?
Me levanté también y la silencié con otro beso mientras volvía a llevar una mano hacia su puvis. Empuñé con firmeza la daga a la vez que la acercaba hacia su clítoris. No sé qué corté exactamente además de lo que pretendía; ni me importó. Profirió un alarido que creí podría haber llegado incluso a Darnassus.
- A ver cómo disfrutas ahora- espeté.
Lavé la daga antes de volver al lado de Algon.
- Tenemos que hacer algo con ella- me dijo sin abrir los ojos-. ¿Qué ha ocurrido?
- Nada. Tan sólo me he asegurado de que no vuelva a sentir placer-. Me miró confuso-. Le he cortado el clítoris.
No puedo describir ni el asco que me había dado besarla y tocarla, al igual que soy incapaz de hallar palabra alguna que defina la expresión de Algonher, quien parecía incrédulo.
- Descansa un poco más, en nada me encargaré finalmente de ella. Por ahora, deja que sufra un poco más.