De charla con el otro mundo
Decido olvidarme del tema de Nueva Sangre. No hay movimiento alguno y he recibido la carta que tanto tiempo llevaba esperando. Cojo un vial vacío y limpio. No dudo en acercar la daga a mi muñeca y rajar la fina piel de ésta, dejando que la sangre emane de la herida para rellenar el vial. Lo necesitaré. Cierro el pequeño frasco y me lamo la herida, sellándola con mi saliva. Cojo todo lo necesario antes de ponerme en marcha hacia Orgrimmar, donde me ha citado el amigo de Gaheris. Es un buen tío, con unas ideas que no entiendo, pero buen tío. Hace bastante que me dijo que conocía a alguien que quizá pudiera ayudarme con el virus, así que no me lo pienso dos veces antes de decidir ir.
La estancia es pequeña, llena de tubos extraños, unos vacíos y otros con sustancias extrañas. El orco de piel verdosa se acerca a mí y comienza a preguntarme todo tipo de cosas respecto al virus. A veces parece que no se entera de lo que le digo, pero procuro mantener la calma. Cuando le doy el vial, lo examina y lo abre para olisquearlo. Le advierto de que no beba ni una sola gota de él, sólo por si tiene pocas luces. Observo todo cuanto hace y no dejo de sentirme incómoda en ese lugar. Nunca me han agradado demasiado los orcos ni su ciudad, me parecen demasiado toscos. Sin embargo, los trolls se me hacen fascinantes. Todo el miticismo que les rodea, su agudeza, su sentido del humor…
Mi distracción cesa en cuanto el orco, Nemuro, pone el vial con mi sangre en uno de esos tubos extraños. Luego empezamos a debatir sobre qué está mal y qué no en mi organismo hasta que, finalmente, llega a la conclusión de que todo se debe a mi hígado. No le veo razón alguna, pero no atiende a razones. Quiere que me ponga un hígado sano, ya que el mío ha sido perforado varias veces y, cuando vuelva a la vida, me hará falta tener uno. Termino accediendo y pensamos de quién coger el hígado.
- Un cadáver fresco…- me dice.
Vamos ambos hasta el cementerio que hay en las afueras de la capital Horda. No presté demasiada atención a lo que hacía, tenía la mente ocupada. ¿Terminaría encontrando una cura? ¿Podría regresar a la vida finalmente o mi cuerpo debía ir pudriéndose con el paso de los años? De repente me vi envuelta en una nube de arenilla. El espíritu al que había llamado para pedirle prestado el órgano se había presentado ante nosotros.
No le hace gracia al principio, y creo que no confía en mis palabras. Quizá sea por eso por lo que el orco terminó pidiéndole el órgano, con lo que el espíritu terminó accediendo. Desenterramos su cuerpo, el cual por suerte aún no había comenzado a pudrirse, para después abrirle y tomar su hígado, guardándolo en una especie de frasco.
Iba a ser una situación un tanto extraña… Una no-muerta pidiendo un transplante de hígado. Conocía a la persona perfecta para hacerlo, pero su reacción tras mi demanda iba a ser… descojonante, simple y llanamente.
Me despedí del orco, envié la misiva necesaria y me dirigí hacia el Claro de la Luna. Debía superar la maldita adicción al vil como fuera, e ir para el transplante era una buena excusa para quedarme allí una temporada.